Piaf
Se equivocó la leyenda que te pintó ensangrentada,
miel durmiente, bajo una farola, helada de abandono.
Fue París que inauguró en tu luna nueva su destello
al verte creciente, en tu infortunio, ya quebrada.
Te bautizaron muchos con la hiel de la sentencia
pues somos todos jueces al condenar el beso ajeno.
Te amaron ángeles, dioses, musas y réprobos
igualados en el rito: tu grave canto de sirena.
Se arreboló el deseo en la cadena que trenzaste
cuando todo era llanto, curva, ritmo enervado.
En la untuosa libertad que masticabas pese a todo
como un manjar breve, pero eterno, te entregaste.
A quien supo escuchar, rompiste el alma.
Como a un témpano de fuego nos templaste.
Crepitaba en vuelo tu mar efímero de sones
al hundirse perpetuo a la medida de la llaga.
Te habitaron los paños de crudas pasiones
de las que atan y ciegan al encrespar los sentidos.
La oscuridad entumeció el cielo viejo, malherido
y dejó caer a tu amor sin alas, hecho jirones.
Pero la sed de tu canción no pidió tregua.
Se derramó sobre los clavos de tus cruces.
El suave bálsamo, tu sombra entre las luces…
te hicieron ave, campanario, madre y hierba.