Enero 28

En la serpentina del tiempo navego,
en contra de los acordes aciagos de la lluvia.
Como un autómata de acentos añejos
me bifurco en el silencio atónito
de las líneas de tu mano en vela,
y elaboro una conciencia que te tiene
que se adueña de tu linfa perdurable,
y que se llena de este aroma a nunca más,
a sólo amigos, a la burda lejanía de los cuerpos.
¿Cómo puedo desdecirme de tu boca?
Si a la hora de los rojos infundados
se me mezclan los sabores de un “te extraño”
con la muerte de mil noches tan, tan lejos.