Cántico
Adoro mi sangre y mi pluma
cuando salen al encuentro de tus enviadas.
Ellas y yo trepamos desde el abismo parido por mí misma,
y el mar calla nuestros secretos,
como la madre de un asesino.
Las diosas blancas sólo cometen pecados de amor
y vuelven a perdonarse y a perdonarte y a perdonarme
como si cada caída, nos renovara el estado de inocencia.
Soy su niña, su esclavista, su profeta, su reina sometida.
Su defensora, su íntima acróbata, su cruz y su relicario de piel.
En mí guardan lo que temen y lo que sangran,
lo que vibran y preanuncian…
tu verso perfecto, mi sed, nuestro idioma.