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Purgatorio

Una errabunda pesadilla masculla tu aliento
enredado en mi garganta.
Se transforma en gota y
estalla suicida contra el vidrio.
El prohibido concierto de miradas
que incendiás sin piedad sobre mis hombros
me recuerda un mar de dudas y obviedades.
El sabor encarnado de los besos que te niego.
Es la cintura del arraigo que te invoca
y se me quiebra en voluntades ya perdidas.
Si me resisto sólo queda hipnotizarte
y sucumbir a mi dolor cuando te sueño.

Heroica

Merezco lo que se estrella en la nada
cuando el deleite de la poesía
te crece delito en la carne y
se te amontonan las palabras perfumadas
con el vino y el sudor de las botellas.
Envuelvo todo lo que no tengo
con el cuero de las lágrimas,
tenso por la muerte de los sueños y
lo guardo donde ni tu reflejo lo roza.
Que no me pregunten qué escondo
detrás de este corazón hambriento.
Ya no hay héroes en mi campo de batalla.
Por eso esta sedienta soledad
me clava su abandono hasta los huesos.
Ella sabe que ciertos amores
son sólo territorio de valientes.

Noctámbula

Que hoy me mezca el conjuro ultramarino del silencio
para morder el alarido espurio de la sangre.
Que el lápiz se haga labio, labio lápiz invertido de mi proa
para volcar estrellas huérfanas en dos bocas.
Que la insuflada libertad que saboreo
se derrame sonámbula y llene las estrías del invierno,
para enterrar mi desespero entre las plumas de las aves.
Que me sacuda la demencia de mil tormentas de arena,
con su plétora de lienzos y linos rojos y aceitados.
Que se inunde este ojo con el licor de los secretos,
el ojo absoluto ensartado en la garra del tigre,
el sueño blando del pintor que no seré.
Que, por fin, mi osamenta amatoria se reduzca
se consuma en el fulgor primero del sexo extático,
y abra poderosa una llaga de placer en la luna
para que sólo la palpen los locos de amor.

Rapsodia

El cosmos desgarrado en el puño
la alforja y el fruto salado en la huella.
La triste muñeca vestida de plata
cela el nácar estrellado de las ninfas penitentes.
La Andrómeda tuerta, en el espejo roto
castigada en la ceniza de cien años sin pasión.
Ostento la clave del nenúfar abierto
el mar azucarado que enrojece si lo toco.