febrero 2

Misericordia

No siempre a mano tienes un manual de sueños
la escalera de las perforaciones
un triunfo donde sentar los huesos
y esparcirse y no hacer nada
con comidas y palacios, paseos y faros,
ni mucho menos las calles de la misericordia.
No tenemos.
Esto es un tema del pasado.
Tragedias cotidianas.
No tenían. No tenemos.
Creímos que un día volveríamos a tener
y que reencontraríamos las ventanas, honores, bebidas
la puerta de los Césares, el piso, las palabras, las salas,
el suelo, las cifras, las bandejas per los muebles
están llenos de bocadillos vacíos
familiares
ya no sirven, son archivos donde duerme la quietud
del polvo en las vitrinas, los cubiertos, las discusiones muertas,
los perfumes, la manteca del tiempo
dientes que roen recuerdos caobas
que nos dicen que ya no tenemos.
Nunca hemos tenido.
¿Hacia dónde vamos?
En ningún lugar tenemos nada que se parezca.
El mundo débil y discreto busca culpables
arrodillado ante el marfil, el petróleo y el oro.
Reza al servicio y el cielo como un chef hundido
en cualquier hora, perdida la pericia,
con fe postiza
que el cambio climático sí que tenga
y alguien genere una milagrosa solución.
Alguien enciende un consuelo
una cartera, unas llaves, unas pastillas.
Cumplir años tiene estas cosas y camina
como una cerilla en la oscuridad
sopesando la muerte,
coche robado a última hora,
suburbios, presentimientos, desengaños,
con la infancia de los escogidos y los aviones que huyen
del desastre, algunos recuerdos
y alguien que se saca los ojos para no ver
el interior del desastre, hipócrita existencia, coartada
que creemos perdurable durante toda
una vida forrada de números y puertos,
papeles, cálculos, peces, calendarios,
pintalabios, cementos, bolsas expulsadas
que arrastran palabras pesadas cuando no
encontramos refugio
en las calles de la misericordia.

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