A Manuel Mujica Láinez
4 de febrero, 2008 por RominaIsaac Luria declara que la eterna escritura
tiene tantos sentidos como lectores. Cada
versión es verdadera y ha sido prefijada
por quien ideó el lector, el libro y la lectura.
Isaac Luria declara que la eterna escritura
tiene tantos sentidos como lectores. Cada
versión es verdadera y ha sido prefijada
por quien ideó el lector, el libro y la lectura.
«Amar con los ojos cerrados es amar como un ciego. Amar con los ojos abiertos tal vez sea amar como un loco: es aceptarlo todo apasionadamente. Yo amo como una loca.»
Marguerite Yourcenar, 1935
«Se ve que hemos nacido para oírnos y
vernos,
para medirnos (cuánto saltamos, cuánto ganamos,
ganamos, etcétera),
para ignorarnos (sonriendo), para mentirnos,
para el acuerdo, para la indiferencia o para
comer juntos.
Pero que no nos muestre nadie la tierra,
adquirimos
olvido, olvido hacia los sueños de aire,
y nos quedó sólo un regusto de sangre y polvo
en la lengua: nos tragamos el recuerdo
entre vino y cerveza, lejos, lejos de aquello,
lejos de aquello, de la madre, de la tierra de la
vida.»
Pablo Neruda (de “La rosa separada”, 1975)
«¿Por qué ficción? No, todo es vida en nosotros. Vida que es revelada a nosotros mismos. Vida que ha encontrado su expresión. Ya no se finge más, cuando nos hemos apropiado de esta expresión hasta convertirla en la fiebre de nuestro pulso, en lágrimas de nuestros ojos, o en risa de nuestra boca. Comparen las muchas vidas que puede vivir una actriz, con la que cada cual vive cotidianamente: de una estupidez, a menudo, deprimente… No lo advertimos, pero todos, cada día, sofocamos el florecer de quién sabe cuántos gérmenes de vida, posibilidades que están dentro de nosotros, obligados como estamos a continuas renuncias, mentiras, hipocresías… ¡Evadirnos, transfigurarnos, convertirnos en otros!»
Luigi Pirandello, Fragmento de “Trovarsi”, 1932
Si uno tiene la predisposición de los humildes, claro está, recomiendo leer a Cortázar. Increíblemente, me he topado con más de una negativa, de rechazo anticipado plagado de absurdo autoconvencimiento. En fin, esas personas jamás sabrán lo que se pierden, por el solo hecho de nunca intentarlo.
Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué.
Cuando me viene el desánimo, me hace bien recordar una lección de dignidad del arte que recibí hace años, en un teatro de Asís, en Italia. Habíamos ido con Helena a ver un espectáculo de pantomima, y no había nadie. Ella y yo éramos los únicos espectadores. Cuando se apagó la luz, se nos sumaron el acomodador y la boletera. Y, sin embargo, los actores, más numerosos que el público, trabajaron aquella noche como si estuvieran viviendo la gloria de un estreno a sala repleta. Hicieron su tarea entregándose enteros, con todo, con alma y vida; y fue una maravilla.
Nuestros aplausos retumbaron en la soledad de la sala. Nosotros aplaudimos hasta despellejarnos las manos.
Eduardo Galeano, “El Libro de los Abrazos”, 1989 • Ed. Catálogos, 15a edición (2004)
La grandilocuente propuesta de este sitio es compartir lo escrito y lo que está por venir. En el mejor de los casos, que alguien que no se atreva, por ahora, a leerse a sí mismo o quizás a escribir siquiera, pueda descubrir al leerme que tenemos mucho en común…