Octubre 15

Si uno tiene la predisposición de los humildes, claro está, recomiendo leer a Cortázar. Increíblemente, me he topado con más de una negativa, de rechazo anticipado plagado de absurdo autoconvencimiento. En fin, esas personas jamás sabrán lo que se pierden, por el solo hecho de nunca intentarlo.

¿Será miedo a ver con los ojos descubiertos su propio bestiario? Muchos les temen a ciertos escritores antes de explorar dos de sus renglones siquiera, porque la idiotez popular los ha tachado de vaya a saber qué. Como si fuera un pecado transcenderse y trascender. Me repugna tanto la mancha de la eterna hipocresía como esa tendencia tan argentina a anclarse en la mediocridad y, mucho peor, la pulsión inútil de arrastrar a todos los demás al fondo de ese mismo abismo mediocre. Les dejo un poema de Cortázar (uno de los más conocidos), para que se deleiten.

Encargo

No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni
guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dálos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforo y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.

Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre.

Julio Cortázar – París, 1951/1952